Papá el primer heroe de nuestra niñez

De niños pensamos que papá era un super héroe. Con el tiempo y rota la inocencia de la infancia, aprendemos que no es así. Nunca tuvo vista de rayos “X”, ni una capa, ni mucho menos volaba, ni nunca fue indestructible. Para los que tengan la fortuna de contar con él, sin importar su edad, poco a poco uno comienza a reconocer en las arrugas y la vista serena, que la rigidez de papá obedecía a un solo fin: educarnos para ser hombres y mujeres de bien.

La inspiración para ser más

Desde la vez que te cortaste las rodillas por estar haciendo algo que expresamente tu padre te dijo: “no hagas esto o aquello”. Hasta el durísimo castigo que te dio cuando te robaste el auto y pensaste que nunca se daría cuenta o cuando escondiste las calificaciones para que no te regañara o la eterna amenaza de tu madre con ese: “ya verás cuando venga tu padre” y el temor que despertaba el momento en que el viejo pasaba por la puerta de entrada, sereno y ajeno a cualquier problema doméstico.

Todas esas tragedias y el miedo al regaño se disipan cuando, en su mayoría, llegamos a la edad adulta. Si papá me prohibía que me juntara con fulanito o mi vecina, era porque quería un futuro mejor para mí y no que me enamorara del primer “greñudo” que pasaba cerca de la ventana.

Si papá se atrevió a levantar la mano a mi hermano mayor por una mentira, porque dijo que el vecino le había regalado un juguete costoso, era para que mi hermano aprendiera a que lo importante no es el juguete, sino la mentira.

Si el viejo malcrió a sus nietos, comprándoles todas las golosinas que a nosotros nos negó cuando éramos unos niños, fue porque en ellos volvió a conectarse con ese niño que nunca creció en su interior.

Si papá nunca me dio un auto nuevo, como el de mi hermana mayor, fue porque sabía en el fondo, que yo era capaz de trabajar hasta comprármelo y que mi hermana, tal vez, nunca tendría la misma suerte o fortaleza que yo.

Pero cuando mi padre se vio postrado en una cama por una enfermedad incurable, ese día, murió gran parte de él y esperó paciente su sentencia. Su mejor consejo, el que repitió una y otra vez hasta el cansancio fue: “hay que trabajar mucho, porque en esta vida nadie te regala nada. No esperes que te den las cosas, lucha por conseguirlas”.

En su ausencia, entendí tantas cosas, tantas frases, hasta los castigos tuvieron sentido. Pero es en su ausencia cuando me he convencido que sí, mi papá era el super héroe que yo siempre pensé… 

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